lunes, 20 julio , 2026

Si no está en tus manos, sácalo de tu mente

Si no está en tus manos, sácalo de tu mente

¿Cuánto tiempo empleamos en preocuparnos por asuntos sobre los que no podemos hacer absolutamente nada?

Seguimos noticias, anticipamos problemas, discutimos decisiones ajenas y analizamos situaciones que ocurren a miles de kilómetros. Todo ello puede mantenernos informados, pero también puede instalarnos en un estado de preocupación permanente. Tenemos la sensación de estar pendientes de muchas cosas importantes, aunque ninguna de ellas dependa realmente de nosotros.

Quizás esa preocupación también cumpla otra función: evitar que miremos aquello sobre lo que sí podríamos actuar.

Resulta más sencillo culpar a la economía, al mercado laboral, a las decisiones políticas, a la empresa, a la tecnología o a la situación internacional que preguntarnos qué pequeño paso podríamos dar hoy para mejorar nuestra propia realidad.

Nos hemos acostumbrado a querer resultados inmediatos. Queremos cambiar de trabajo, aprender algo nuevo, mejorar nuestra situación económica, sentirnos mejor o avanzar profesionalmente, pero nos cuesta aceptar que casi todo proceso relevante necesita tiempo, esfuerzo y paciencia.

Cuando el resultado no llega pronto, buscamos explicaciones fuera. Y siempre encontraremos alguna circunstancia externa que nos permita justificar por qué todavía no hemos empezado.

No se trata de vivir de espaldas a la realidad ni de ignorar lo que sucede a nuestro alrededor. Tampoco de caer en un optimismo ingenuo que niegue las dificultades. Se trata de distinguir entre aquello que merece nuestra atención y aquello que, además, permite nuestra intervención.

Hablar, compartir la preocupación o expresar una queja puede servir como una forma de higiene mental.

El problema comienza cuando la queja se convierte en nuestra única respuesta y termina ocupando el espacio que debería corresponder a la acción.

No podemos controlar todo lo que ocurre. Pero normalmente sí podemos formarnos, pedir ayuda, mejorar una conversación, tomar una decisión pendiente, organizar mejor nuestro tiempo, cuidar nuestra salud, cambiar un hábito o comenzar un proyecto.

El autoliderazgo empieza precisamente ahí: dejando de gastar toda nuestra energía mental en lo que queda fuera de nuestro alcance y recuperando la responsabilidad sobre aquello en lo que todavía podemos influir.

Antes de seguir preocupándonos, quizás deberíamos hacernos dos preguntas:

¿Esto está realmente en mis manos? Y, si lo está, ¿qué acción concreta voy a realizar?

Porque si no está en nuestras manos, tendremos que aprender a soltarlo. Pero si lo está, ya no basta con seguir pensándolo.

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Asumiremos que estás de acuerdo, pero puedes desactivarlas si lo deseas. Ventana emergente sobre la ley de cookies. Aceptar Leer más

Política de privacidad y cookies