martes, 7 julio , 2026

Si nadie se atreve a corregirte, es que nadie se...

Si nadie se atreve a corregirte, es que nadie se preocupa por ti

Agustina llegó a la empresa con una mezcla poderosa de juventud, energía y experiencia. No era una recién llegada al mundo del liderazgo. Había dirigido equipos antes, había tomado decisiones difíciles, había gestionado turnos, conflictos, objetivos y conversaciones incómodas. Al menos, eso decía su currículum. Y, en buena parte, era cierto.

Por eso, cuando Recursos Humanos le presentó el plan de formación diseñado para acompañar su incorporación, su primera reacción fue una sonrisa educada, de esas que dicen “gracias”, pero también dicen “no me hace falta”. Miró el documento, pasó las páginas con cierta prisa y soltó una frase que en muchas empresas suena más de lo que se reconoce:

La verdad es que ahora no tengo tiempo para esto. Además, de estos temas ya he recibido bastante formación”.

La frase no era agresiva. Tampoco era arrogante en apariencia. Pero escondía algo delicado: la creencia de que aprender era una pérdida de tiempo cuando uno ya se sentía suficientemente preparado.

Durante las primeras semanas, Agustina trabajó mucho. Llegaba pronto, revisaba procesos, proponía cambios, se implicaba en las reuniones y pedía resultados. Nadie podía acusarla de falta de compromiso. Sin embargo, algo empezaba a chirriar en el equipo. Había miradas cruzadas, silencios incómodos, conversaciones que se quedaban a medias y una sensación creciente de distancia.

No era un conflicto abierto, todavía no. Era peor: ese malestar fino que se va acumulando debajo de la alfombra hasta que un día alguien tropieza con él.

El problema no estaba en que Agustina quisiera hacer las cosas bien. El problema era que cada observación que no coincidía con su criterio era interpretada como una resistencia, una excusa o una falta de visión. Si alguien le decía que un procedimiento no funcionaba igual en la práctica que en el papel, ella respondía rápido y lo pasaba por alto. Si alguien sugería escuchar antes de cambiar algo, ella lo vivía como freno.

Si un miembro veterano del equipo intentaba explicarle una dinámica interna, Agustina lo cortaba con una frase aparentemente inocente: “Sí, sí, eso ya lo conozco”.

Y ahí estaba el nudo.

No escuchaba para comprender. Escuchaba para confirmar que ya sabía.

En una de las reuniones de seguimiento, la responsable de Recursos Humanos le planteó con delicadeza que el equipo estaba teniendo dificultades para sentirse escuchado. Agustina frunció el ceño. No explotó, pero se cerró. Dijo que aquello le parecía injusto, que estaba trabajando más que nadie, que solo intentaba ordenar la situación y que, sinceramente, empezaba a sentir que algunos comentarios iban dirigidos a cuestionarla.

Entonces apareció una frase que resume muy bien el clima de muchas organizaciones actuales:

Parece que cualquier cosa que diga o haga se interpreta como un problema”.

No era exactamente así, pero ella lo sentía así.

Y cuando una persona vive la corrección como ataque, deja de aprender. Cuando interpreta cada comentario como amenaza, deja de escuchar. Cuando convierte cualquier matiz en una ofensa, el equipo aprende a callar. Y cuando el equipo calla, la empresa deja de recibir información valiosa.

Hace años, en una cancha de baloncesto, viví una escena que me ha acompañado desde entonces. Entrenaba a un equipo de chicos jóvenes y uno de los jugadores, de unos quince años, se acercó un día y me dijo: “Carlos, estás siempre encima de mí, corrigiéndome. Parece que me tienes manía”.

Me quedé unos segundos en silencio. No porque no supiera qué responder, sino porque quería entender qué estaba sintiendo realmente. Le pregunté: “¿Por qué crees que te corrijo? ¿Para molestarte o porque veo que tienes margen de mejora y quiero ayudarte a crecer?”.

El chico bajó la cabeza. Se quedó callado. Después respondió: Para ayudarme, claro.

Entonces le pregunté: “¿Sigo corrigiéndote o prefieres que no te diga nada?”.

Su respuesta fue inmediata: “No, no, sigue corrigiéndome, por favor”.

Y terminé diciéndole algo que, con el tiempo, he repetido muchas veces en contextos empresariales:

Preocúpate el día que no te corrija nada. Ese día quizá ya no te esté prestando atención”.

Esa frase debería estar escrita en muchas salas de formación, despachos de dirección y programas de liderazgo. Porque hemos llegado a un punto extraño: queremos mejorar, pero nos molesta que alguien nos enseñe dónde podemos mejorar. Queremos crecer, pero nos incomoda que alguien nos muestre nuestras puntos de mejora. Queremos liderar mejor, pero a veces rechazamos justo aquello que podría ayudarnos a hacerlo.

No toda corrección es buena, por supuesto. Hay formas de corregir que humillan, invaden o rompen la confianza. Hay líderes que utilizan el feedback como una piedra, no como una herramienta. Y también hay organizaciones que disfrazan de “exigencia” lo que en realidad es falta de respeto. Conviene decirlo claro, porque no se trata de justificar cualquier comentario ni de pedir a las personas que aguanten malas formas.

Pero una cosa es rechazar la corrección mal planteada y otra muy distinta es convertir cualquier observación incómoda en una agresión personal.

Ahí es donde muchas empresas están empezando a tener un problema serio.

En los últimos años se ha fortalecido, afortunadamente, la sensibilidad hacia el cuidado emocional, la seguridad psicológica, el respeto y la prevención del acoso. Era necesario. Durante demasiado tiempo se normalizaron gritos, desprecios, humillaciones y estilos de mando profundamente dañinos. Pero también estamos viendo el riesgo contrario: personas que, desde la inseguridad, la vanidad o la falta de hábito para recibir feedback, empiezan a interpretar cualquier corrección como un intento de perjudicarlas.

Y no, corregir no es acosar, no es perseguir, no es humillar.

Corregir, cuando se hace bien, es una forma de atención. A veces, incluso, una forma de cuidado.

La clave está en distinguir entre una corrección que busca mejorar el desempeño y una conducta que busca someter, ridiculizar o desgastar. Esa diferencia no siempre es fácil, porque las emociones se mezclan. A nadie le gusta escuchar que algo no está funcionando. A nadie le resulta agradable descubrir que su forma de liderar está generando distancia. A nadie le apetece aceptar que, quizá, no está tan preparado como pensaba.

Agustina no era una mala profesional. Ese era precisamente el problema: tenía capacidades reales, pero las estaba usando como escudo para no exponerse al aprendizaje. Había confundido experiencia con suficiencia. Había confundido seguridad con rigidez. Había confundido criterio propio con incapacidad para escuchar otros criterios.

Y cuando eso ocurre en una persona que lidera, el impacto no se queda en ella. Se expande.

El equipo de Agustina empezó a medir cada palabra. Algunos dejaron de proponer mejoras. Otros comenzaron a hablar entre ellos en lugar de hablar con ella. Las reuniones se volvieron más formales, menos vivas. La información importante llegaba tarde o maquillada. Y, poco a poco, Agustina empezó a tener justo el problema que decía querer evitar: un equipo menos implicado, menos sincero y menos dispuesto a acompañarla.

Este fenómeno se observa con frecuencia en emprendedores, mandos intermedios y responsables de equipo. Personas que han conseguido resultados, que han acumulado experiencia, que han trabajado duro y que, precisamente por eso, empiezan a pensar que ya no necesitan aprender demasiado de nadie. Algunos lo dicen de forma directa: “Llevo veinticinco años en este negocio; pocas cosas me van a enseñar”. Otros lo expresan de manera más sutil: no tienen tiempo, no les encaja la formación, ya lo han visto antes, su caso es diferente, su equipo es especial, su sector no funciona así.

A veces tienen parte de razón. No toda formación es útil. No todos los cursos están bien diseñados. No todos los consultores entienden la realidad de una empresa. Pero cuando una persona rechaza de entrada cualquier oportunidad de revisar su forma de liderar, conviene hacerse una pregunta incómoda:

¿Está defendiendo su tiempo o está protegiendo su ego?

Porque el ego es muy hábil. Se disfraza de experiencia, de agenda llena, de pragmatismo, de conocimiento técnico, de “yo ya pasé por ahí”. Y, sin darse cuenta, muchas personas terminan construyendo una muralla alrededor de su propio aprendizaje.

El llamado efecto Dunning-Kruger nos recuerda algo especialmente incómodo: cuanto menos conciencia tiene una persona de sus límites, más fácil es que sobreestime su competencia. No porque sea mala persona. No porque quiera engañar a nadie.

Sencillamente, porque también hace falta competencia para detectar la propia incompetencia.

En liderazgo ocurre exactamente eso. Hay personas que no escuchan porque están convencidas de que escuchan. No aprenden porque creen que ya aprendieron. No mejoran porque interpretan la mejora como una amenaza a la imagen que tienen de sí mismas.

Agustina no necesitaba que le dijeran que era incapaz. Necesitaba algo mucho más difícil: necesitaba descubrir que podía ser buena y, aun así, tener mucho que mejorar.

Ese matiz cambia todo.

Una empresa madura no diseña planes de formación para castigar a sus líderes. Los diseña para ampliar su mirada, cuidar sus equipos, reducir errores, mejorar conversaciones y evitar que una persona con potencial se quede atrapada en su propia coraza. La formación no debería vivirse como una penitencia, sino como una señal de confianza:

Si la empresa invierte en ti, probablemente espera algo valioso de ti.

Claro que esto exige una responsabilidad doble.

Por parte de la organización, corregir bien. No lanzar comentarios al vuelo, no señalar en público lo que debe hablarse en privado, no confundir exigencia con brusquedad, no utilizar la formación como reproche encubierto. Un plan de desarrollo tiene que estar bien explicado: por qué se propone, qué busca mejorar, qué beneficios tendrá para la persona, para el equipo y para la empresa. Cuando no se explica, se interpreta. Y cuando se interpreta desde la inseguridad, cualquier ayuda puede parecer una amenaza.

Por parte del líder, hace falta humildad. No humildad teatral, de frase bonita y pose amable. Humildad práctica. La de quien es capaz de decir: “Puede que haya algo que no estoy viendo o que puedo enfocarlo de otra forma”. La de quien pregunta antes de defenderse. La de quien no convierte cada comentario en un juicio. La de quien entiende que no todo feedback es agradable, pero parte del feedback incómodo puede ser profundamente necesario.

Agustina empezó a cambiar cuando, en una conversación tranquila, alguien le hizo una pregunta parecida a la que yo le hice a aquel jugador de quince años: “¿Por qué crees que la empresa ha diseñado este plan para ti? ¿Porque no confía en ti o porque cree que puedes crecer mucho más?”.

La pregunta la descolocó.

Al principio respondió con argumentos. Que no tenía tiempo. Que ya había hecho cursos. Que su prioridad era sacar el trabajo. Que el equipo también tenía que poner de su parte. Todo eso era cierto, al menos en parte. Pero la pregunta seguía ahí, molestando en silencio.

Unos días después, pidió revisar el plan. Esta vez no lo leyó como una obligación, sino como un mapa. Identificó dos áreas que le costaban especialmente: la escucha en momentos de desacuerdo y la gestión de conversaciones difíciles sin ponerse a la defensiva. No fue una transformación cinematográfica. No hubo una revelación mágica ni un aplauso final. Hubo algo más real: una pequeña grieta en la armadura.

Y por esa grieta empezó a entrar aprendizaje.

En la siguiente reunión con su equipo, Agustina hizo algo distinto. Cuando una persona cuestionó uno de sus cambios, no respondió de inmediato. Preguntó: “¿Qué parte crees que no estoy viendo?”. La sala se quedó en silencio unos segundos. No porque la pregunta fuera brillante, sino porque era nueva. El equipo no estaba acostumbrado a que Agustina dejara espacio.

Ese día no se resolvió todo. Pero se abrió una puerta. Y en las organizaciones, a veces, una puerta abierta vale más que veinte discursos sobre liderazgo.

La pregunta para Recursos Humanos, dirección y gerencia es evidente: ¿qué cultura están construyendo alrededor de la corrección? Porque si la corrección se vive como castigo, las personas se defenderán. Si se vive como humillación, se cerrarán. Si se vive como burocracia, fingirán. Pero si se vive como acompañamiento exigente, claro y respetuoso, puede convertirse en una de las herramientas más poderosas de crecimiento.

También conviene revisar qué están aprendiendo los líderes cuando nadie les corrige. Porque el silencio de un equipo no siempre significa conformidad. A veces significa miedo. A veces significa cansancio. A veces significa que ya se ha intentado hablar demasiadas veces sin resultado.

El líder que no acepta correcciones termina rodeado de personas que solo le dicen lo que quiere escuchar. Y ese es un lugar muy peligroso. Cómodo, sí. Agradable, también. Pero muy peligroso para todas las partes: la persona que lidera, el equipo y la organización..

Porque los aplausos constantes pueden convertirse en una anestesia. La corrección honesta, en cambio, puede doler un poco, pero mantiene despierta a la persona.

Caminar con quien te corrige no significa aceptar cualquier crítica ni vivir bajo examen permanente. Significa saber reconocer a las personas que, desde el respeto, se atreven a decirte aquello que necesitas escuchar para no quedarte estancado. Significa enseñar a los líderes que el feedback no es una amenaza a su autoridad, sino una oportunidad para ejercerla mejor. Significa recordar que nadie crece solo a base de confirmaciones.

Las empresas necesitan líderes con criterio, sí. Pero también necesitan líderes con capacidad de revisión. Personas que puedan sostener una conversación incómoda sin convertirla en una batalla. Mandos capaces de escuchar una discrepancia sin sentirse atacados. Profesionales que no confundan confianza con soberbia ni experiencia con inmunidad al aprendizaje.

Porque el problema no es no saber. El verdadero problema es no querer «entrenar».

Cinco preguntas para la reflexión

  • ¿En su organización se corrige para ayudar a crecer o se corrige solo cuando algo ya ha fallado?
  • ¿Qué líderes interpretan el feedback como una amenaza a su autoridad?
  • ¿Cuántas personas del equipo han dejado de decir lo que piensan porque sienten que no merece la pena?
  • ¿Se explica bien a los líderes por qué se les propone un plan de formación o acompañamiento?
  • ¿Qué señales indican que una persona con potencial está empezando a bloquear su propio aprendizaje?

Cinco acciones concretas para mejorar la organización

  1. Diseñar planes de formación vinculados a situaciones reales del puesto y no solo a contenidos genéricos.
  2. Entrenar a los líderes en escucha activa, gestión defensiva del ego y conversaciones difíciles.
  3. Crear espacios seguros donde los equipos puedan aportar feedback sin miedo a represalias.
  4. Acompañar las nuevas incorporaciones con seguimiento, mentoría y revisión periódica de su integración.
  5. Diferenciar claramente entre corrección constructiva, exigencia legítima, mala praxis comunicativa y conductas de acoso.

Conclusión

Agustina no necesitaba que le dieran la razón. Necesitaba que alguien se atreviera a ayudarla a mirar mejor. Y eso, en muchas empresas, sigue siendo una tarea pendiente.

Porque un líder puede tener experiencia, energía y conocimiento técnico. Pero si no acepta correcciones, tarde o temprano deja de liderar personas y empieza a gestionar silencios.

Quizá la pregunta no sea si tus líderes necesitan formación. Quizá la pregunta sea otra:

¿Quién les está ayudando a ver lo que todavía no pueden ver por sí mismos?

Si en su empresa hay mandos, responsables o equipos que están viviendo este tipo de situaciones, puede ser un buen momento para abordarlo antes de que el silencio se convierta en desgaste.

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