Mientras ocupas un determinado puesto profesional, el teléfono suena. Te invitan a reuniones, jornadas, comidas, presentaciones y encuentros. Personas que apenas conoces quieren saludarte, escucharte o compartir contigo algún proyecto.
Pero un día cambias de trabajo, abandonas el cargo o dejas de representar a esa empresa. Y el teléfono empieza a sonar menos.
Algunas invitaciones desaparecen. Determinadas personas dejan de escribirte. Ya no cuentan contigo para encuentros en los que antes tu presencia parecía imprescindible.
Entonces surge una pregunta incómoda:
¿Me invitaban a mí o al cargo que ocupaba?
No siempre es fácil distinguirlo. Cuando trabajamos durante años en una organización, nuestra identidad profesional puede quedar demasiado ligada al puesto, al nombre de la empresa o a la responsabilidad que desempeñamos.
Somos “el director de…”, “la responsable de…”, “el gerente de…”.
El problema aparece cuando dejamos de ocupar ese lugar. El cargo permanece, pero ahora lo tiene otra persona. Y si no hemos construido una identidad profesional propia, podemos sentir que también desaparece una parte de nuestro reconocimiento.
Tu puesto no eres tú
Un cargo es temporal. Puede durar algunos meses, muchos años o prácticamente toda una vida profesional, pero nunca deja de ser una posición circunstancial.
Tu experiencia, tus conocimientos, tu forma de relacionarte, tus valores y tu manera de resolver problemas pertenecen a una dimensión diferente. Eso es lo que empieza a formar tu marca personal.
La marca personal no consiste en convertirse en una celebridad ni en publicar constantemente en las redes sociales. Tampoco se trata de aparentar, exagerar los logros o hablar continuamente de uno mismo.
Consiste en que los demás puedan identificar con claridad quién eres, qué sabes hacer, cómo trabajas y qué aportas.
Cuando una persona desarrolla una marca profesional sólida, no es reconocida únicamente por la empresa que figura en su tarjeta. Es recordada por sus ideas, por su trayectoria, por la confianza que genera y por la huella que deja en quienes trabajan con ella.
La visibilidad también se construye
Muchas personas realizan un trabajo excelente, pero nadie fuera de su entorno más cercano sabe realmente lo que hacen. Confían en que su esfuerzo será suficiente para ser reconocidas.
Sin embargo, el buen trabajo que no se conoce tiene una capacidad limitada para abrir nuevas oportunidades.
Ser visible no significa buscar protagonismo a cualquier precio. Significa compartir lo que sabes, participar en conversaciones profesionales, colaborar con otras personas y mantener activa tu red de contactos, incluso cuando no necesitas nada de ella.
Puedes comenzar con acciones sencillas:
Compartir una reflexión sobre algo que has aprendido. Participar en una jornada aportando una idea útil. Mantener el contacto con antiguos compañeros. Ayudar a otras personas sin esperar un beneficio inmediato. Escribir sobre tu especialidad. Colaborar en proyectos que te permitan conocer otros entornos.
La marca personal no se construye en una semana. Se forma poco a poco, a través de la coherencia entre lo que dices, lo que haces y la manera en la que tratas a los demás.
No esperes a necesitarla
Uno de los errores más habituales es empezar a trabajar la visibilidad profesional cuando perdemos el empleo, queremos cambiar de empresa o necesitamos encontrar nuevos clientes.
En ese momento descubrimos que hace años que no hablamos con determinadas personas, que nuestra red de contactos se ha enfriado o que apenas existe información sobre nosotros más allá del puesto que ocupábamos.
Por eso, la marca personal debe trabajarse mientras las cosas van bien.
No para preparar una salida, sino para construir una trayectoria que no dependa exclusivamente de una organización. Para que, cuando cambie el cargo, continúen reconociéndote por tu experiencia, tu criterio y tu aportación.
¿Qué queda cuando desaparece el cargo?
Quizá esta sea la pregunta más importante.
Cuando ya no puedas presentarte utilizando el nombre de tu empresa, ¿cómo te definirías? ¿Qué dirían de ti las personas que han trabajado contigo? ¿Por qué te llamarían? ¿Qué problema sabrían que puedes ayudarles a resolver?
Las respuestas indican hasta qué punto has construido una identidad profesional propia.
Las empresas cambian. Los puestos terminan. Los organigramas se reorganizan. Pero el conocimiento adquirido, las relaciones cuidadas y la reputación construida pueden acompañarte durante toda tu vida profesional.
El objetivo no es conseguir que el teléfono suene constantemente.
Es lograr que, cuando alguien piense en ti, recuerde a la persona y no solamente al cargo que un día ocupaste.