En mi trabajo mentorizando y acompañando a líderes de equipo, me encuentro con personas que tienen muchas ganas de hacer cosas, de avanzar y de aportar más a sus equipos. Quieren ayudar, estar más cerca y mejorar las condiciones en las que trabajan sus colaboradores. Esa disposición existe, pero les cuesta dar el primer paso: no saben por dónde empezar ni qué pueden hacer que resulte útil.
En ese momento les propongo que comiencen con una pregunta sencilla:
«¿Cuál es la parte más difícil, incómoda o aburrida de tu día de trabajo?».
La pregunta permite acercarse a algo que los resultados no muestran: el esfuerzo que está costando conseguirlos. Una tarea puede estar terminada a tiempo y haber exigido perseguir información, resolver instrucciones contradictorias o improvisar una solución que nadie había previsto. En el seguimiento aparece como completada; todo ese desgaste queda fuera de la conversación.
Cumplir los objetivos no demuestra, por sí solo, que el trabajo esté bien organizado. Hay equipos que sacan adelante su actividad gracias a un sobreesfuerzo que termina convirtiéndose en costumbre. Mientras responden, nadie revisa qué están teniendo que compensar para que las cosas funcionen.
Preguntar por lo difícil, lo incómodo y lo aburrido abre, además, conversaciones diferentes.
Lo difícil puede señalar una necesidad de aprendizaje, falta de experiencia o una responsabilidad para la que todavía no se cuenta con los recursos adecuados. Conviene distinguir entre una exigencia que ayuda a desarrollarse y una dificultad que mantiene a la persona bloqueada. ¿Necesita practicar, disponer de un criterio más claro o tener a alguien con quien contrastar sus decisiones?
Lo incómodo puede revelar una relación deteriorada, límites poco definidos o situaciones que se repiten sin que nadie las aborde. Piensa en quien debe reclamar cada día información a un compañero, atender quejas por decisiones que no puede explicar o responder ante un cliente sin saber hasta dónde tiene autoridad. Pedirle más paciencia deja intacta la situación que genera esa incomodidad.
Lo aburrido merece también atención. Hay tareas necesarias que resultan poco estimulantes, pero también duplicidades, controles que han perdido su utilidad o capacidades desaprovechadas. Antes de concluir que alguien está desmotivado, conviene conocer qué ocupa realmente su jornada y qué sentido encuentra en ello.
La respuesta orienta, aunque todavía necesita explorarse. Si alguien te dice que lo peor de su día es preparar un informe, ¿Qué hace que le resulte tan pesado? ¿Le cuesta obtener los datos? ¿No domina la herramienta? ¿Desconoce para qué se utiliza? ¿Lo entrega cada semana y nunca recibe ninguna devolución? La tarea es la misma; la ayuda que necesita cambia por completo.
Aquí aparece una tentación frecuente al dirigir: escuchar una dificultad y ponerse inmediatamente a resolverla.
Tu experiencia te permite ver una salida y quieres ahorrar tiempo. Antes de intervenir, merece la pena preguntar: «¿Qué cambiarías tú?» o «¿Qué parte podrías resolver y en cuál necesitas mi apoyo?». Así aprovechas el conocimiento de quien realiza el trabajo y le das espacio para participar en la mejora.
Para recibir una respuesta sincera también necesitas cuidar tu reacción. Si alguien reconoce que una actividad le cuesta y escucha «eso deberías saber hacerlo», aprenderá a ocultar sus dificultades. Si plantea una incomodidad y se interpreta como falta de compromiso, la siguiente vez dirá que todo va bien.
Lo que haces con la primera respuesta condiciona lo que estarán dispuestos a contarte después.
De esa conversación debería salir una mejora concreta y un momento para revisarla. Aclarar quién decide, eliminar un paso innecesario o facilitar una conversación pendiente puede aliviar una dificultad diaria. Volver sobre ello unas semanas después permite comprobar si la ayuda ha servido y ajustar lo que siga pendiente.
A los líderes que acompaño les insisto en que no necesitan tener preparada una gran iniciativa para empezar a aportar a sus equipos. Tienen a su alcance el conocimiento de las personas que hacen el trabajo cada día. Escucharlo con interés y convertirlo en decisiones es una forma concreta de ejercer su responsabilidad.
Por cierto, ¿Sabes qué parte de la jornada les está costando más a las personas de tu equipo? ¿Estás decidiendo cómo ayudarlas sin habérselo preguntado?